miércoles, 30 de noviembre de 2011

TERCERA ENTREGA: El suelo y yo

     No había comentado todavía, que soy muy bajita, que visto de una forma muy humilde, estoy cerca del suelo, el suelo y yo somos muy amigos. Aunque sentada en la silla de ruedas  tengo la cabeza a la misma altura, que si estuviera de pie.

     Siempre recuerdo una vez,  en que una amiga le decía, al presentarme a un amigo suyo:

     -Ahí sentada parece alguien, pero es un taponcillo de nada...

     Para todo en la vida, hay que saber caerse y levantarse, las dos cosas son muy importantes.

     En aquel tiempo aún podía balancearme, con bastones ingleses,  pero el traumatólogo me lo prohibió, porque me destrozaba las muñecas, y  pasaba más tiempo en el suelo que levantada, verás porqué.

     Para bajar escalones, siempre hay que hacerlo con la rueda de tracción, que suele ser la más grande, tanto en sillas electrónicas como manuales. Las otras ruedas, que suelen ir libres, JAMÁS DEBEN IR PRIMERO. porque el batacazo está asegurado. Las ruedas pequeñas están en libertad para que la silla gire en menor espacio, pero al cambiar de nivel, pierden su contacto con el suelo, que es lo que las mantiene paralelas, entonces se alinean, y toda la fuerza de los motores o de los brazos de quien la lleva, te empuja.


     Hay varias formas de subir o bajar un escalón, intentaré ser breve, pero es muy importante que me explique bien, para que lo entiendas, o lo entiendan si tienen que llevarte.

     Yo no tuve quien me enseñara, y me empeñé, siento reconocer que  bastante cabezudamente, en bajar los escalones de frente, una y otra vez, estaba segura de que algún día lo lograría, no fue así, NO LO HAGAS. En aquel tiempo tenía un modelo de silla, que no he vuelto a ver en ningún catálogo, ¡me lo compraría!, era como una silla estandard, ruedas de 60 centímetros de radio detrás y de 20 delante libres, pero de las traseras, las grandes, partían unas largas palancas con las que se podía llevar empujando y estirando con la mano, si querías frenar cambiabas el sentido y frenaba en seco. En cada esquina acababa con mis piños en el asfalto, todas mis cosas esparcidas por el suelo de la calle, gente corriendo asustada a socorrerme, yo quedaba debajo de la silla y las cuatro ruedas en el aire, y así hasta la  siguiente esquina, otra vez, y otra , y otra...

     ¡No lo logré!. Estoy escribiendo sobre escalones de más de tres centímetros, y de mas de veinte también, era muy burra. Ahora no lo haría por nada... Sabía caer, me podía levantar y sentar de nuevo completamente sola... Nunca me rompí ningún hueso ni tuve que ir a urgencias, en una próxima entrega, te daré cuatro consejitos sobre como SABER CAER.


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